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Nº 10 de Acta Verbum
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sábado, 22 de octubre de 2011

Madrid, capital internacional de la Juventud



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Banderas de diversa procedencia coloreando el Parque del Retiro, calles con masas de viandantes de distintas lenguas, vagones de metro abarrotados… Probablemente no quede ningún madrileño que no se haya enterado de la JMJ que tuvo lugar hace unas semanas. Aunque no es lo mismo verlo que vivirlo, porque, incluso en medio de manifestaciones contrarias al acto, de recursos desbordados, de mucho calor, o de una tormenta inesperada, unos dos millones de peregrinos vivieron una experiencia que seguramente no olvidarán. En una JMJ, uno aprende a ver más allá de lo que le rodea, en muchos sentidos. Y cuando vuelve a su casa, lo más probable es que haya ganado mucho y perdido poco o, en todo caso, que haya perdido cosas que en realidad le sobraban. En una JMJ, uno puede darse cuenta de que la Iglesia no son sólo las cuatro viejecitas que van a misa en su pueblo; de que las personas se pueden entender a pesar de no hablar la misma lengua; de que, aunque tantas veces se diga lo contrario, los jóvenes tienen esperanza y ganas de cambiar el mundo. De que, en medio del barullo y de la multitud, se puede hacer silencio por fuera y por dentro, y encontrar respuesta a preguntas que son importantes para su vida. Porque hubo silencio, sólo roto por la incesante lluvia, en el que unos dos millones de personas rezaban junto a Benedicto XVI, que tampoco quería irse.

Para preparar la JMJ, el comité organizador había estado trabajando desde mucho tiempo antes. Miles de voluntarios habían entregado su tiempo desinteresadamente –asignando alojamientos, preparando mochilas, repartiendo comidas–, los peregrinos de países con una relativamente buena situación económica pagaron más por su inscripción para que pudiesen venir los de países más desfavorecidos, y mucha gente –no sólo empresas, sino también particulares– hizo su donativo. Y, aunque nadie pueda decir que todo salió perfecto, es muy posible que se dibujen dos millones de sonrisas con sólo el recuerdo de esos momentos. Es como si, en realidad, la JMJ no durase sólo unos días, sino que fuera una cosecha que se va recogiendo durante toda la vida.

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Mª del Val García Sánchez
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